Estas semanas se cumplen cincuenta años del vuelo inaugural de tres de los vehículos más icónicos de la historia. Uno aún sigue en producción: el Boeing 747, Jumbo. Otro, el Concorde, el supersónico orgullo de la industria aeronáutica europea, se retiró después de sólo 27 años de servicio, víctima más de su escasa rentabilidad que del accidente sufrido al despegar de París.

El tercero fue el único aparato volador concebido para operar solamente en el vacío del espacio. Era el módulo lunar Apolo, un artefacto desgarbado, de aspecto frágil y líneas nada aerodinámicas. Y si parecía delicado es porque en realidad lo era: en su construcción se había rebañado hasta el último gramo no imprescindible. Algunas partes de las paredes de la cabina eran tan delgadas que podrían haberse perforado con un simple destornillador. Y las patas, diseñadas para posarse en la baja gravedad de la Luna, apenas podían sostener su peso en la Tierra.

El módulo lunar había dado muchísimos problemas de diseño. Tanto que el primer vuelo de prueba tuvo que aplazarse varios meses; ese retraso fue el que motivó el cambio de planes que llevó al Apolo 8 a la Luna en las navidades de 1968. Cuando voló sólo la nave nodriza, sin vehículo de aterrizaje.

Las paredes de la cabina eran tan delgadas que podrían haberse perforado apretándolas con un simple dedo y sus patas, diseñadas para posarse en la baja gravedad de la Luna, apenas podían sostener su peso en la Tierra

Fuente: El País >> lea el artículo original