15 de septiembre de 2020  • 22:23

Hace 48 horas que nos venimos preguntando por qué las empresas se van de la Argentina y quizá deberíamos prestar atención a cuestiones a las que, en otro contexto, no le daríamos la más mínima importancia.

El senador nacional Oscar Parrilli (que no es juez federal, ni integrante del Consejo de la Magistratura, ni miembro de la Corte Suprema de Justicia) acaba de dictaminar que, el miércoles, los camaristas Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi se van a tener que ir de Comodoro Py.

Parrilli, cuya única virtud es ser el mayordomo político de Cristina Fernández de Kirchner, avanzó todavía más y agregó: 'No solamente fueron designados para perseguir a Cristina, sino que quieren quedarse para darles impunidad a Mauricio Macri y sus funcionarios'.
Es el reino del revés.

El extitular de la AFI está muy sucio y se da el lujo de poner en tela de juicio, desde una moral que no tiene, el accionar de dos camaristas que jamás fueron cuestionados por su conducta ni por sus fallos.
Debe creer que, porque el año pasado ganaron las elecciones, pueden hacer y decir cualquier cosa.

Pero lo que dice Parrilli no es verdad.
O no lo es todavía.
Porque tanto Bruglia como Bertuzzi recurrieron la decisión ante la Corte Suprema de Justicia, y será la Corte la que tendrá que tomar la decisión final.

El problema es cuando los CEOs que viven y trabajan en la Argentina confirman sus peores temores: que Parrilli, además de un inepto, habla por boca de la vicepresidenta Cristina Fernández.
Es decir: la que tiene la manija.

Hace unas horas, Pablo Moyano logró posponer, por tercera vez consecutiva, la indagatoria en su contra en la causa que lo investiga por su presunta participación en una asociación ilícita con la que se habría dedicado a defraudar al club Atlético Independiente.

El fiscal Sebastián Scalera ahora lo citó para que vaya este jueves.
No vía digital, sino en forma presencial.
Sin embargo, su abogado defensor, Daniel Llermanos, ya adelantó que no irá.
¿Su argumento? Que corre riesgo de vida por la pandemia.

La indagatoria a Pablo Moyano es el último acto procesal que necesita Scalera para elevar a juicio oral la segunda parte de la causa.
La primera ya fue elevada.

La única diferencia entre una y la otra es que en esta aparece procesado Pablo Moyano, el Secretario General del Sindicato de Camioneros.

Fueron claves las confesiones de Roberto Bebote Álvarez para determinar que él es el verdadero jefe de una organización criminal, que alimentaba negocios paralelos con los barras.

Pero Llermanos, en vez de defender a su cliente con argumentos sólidos, técnicos y verdaderos, dice que el 'expediente fue urdido por la mesa judicial de la Provincia de Buenos Aires'.
Por supuesto, al argumento no se lo cree ni él mismo y a Llermanos nadie se lo toma demasiado en serio.

El problema es cuando los dueños de las empresas, multinacionales o no, ven la foto del presidente Alberto Fernández con Hugo Moyano, su mujer, Liliana Zulet, su hijo más pequeño, Gerónimo y Fabiola Yáñez.
De nuevo: es el mundo del revés.

Marcos Galperin, uno de los empresarios argentinos que más puestos de trabajo ofrece en el país y en otros países de América Latina, eligió irse de la Argentina para residir en Uruguay.
Nada indica que haya sido por una cuestión fiscal.
Sí, por una cuestión de contexto.

En el mundo, gente como Marcos Galperin es valorada.
Aquí es sospechada, atacada y perseguida.
La historia de vida y profesional de él es apasionante, pero uno escucha y ve al Presidente volver a despotricar contra la denominada meritocracia y se vuelve a desalentar.

En San Juan, insistió con la idea inoculada por Máximo Kirchner y Cristina.
Y dijo: 'Lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligente de los pobres.
Y entonces no es el mérito, es darles a todos las mismas oportunidades de crecimiento y desarrollo.
Mientras eso no ocurra, en la Argentina no podemos estar tranquilos con nuestras conciencias'.

En la idea de Fernández, hay dos problemas.
Uno: cierto prejuicio por el que nace en cuna de oro, lo cual se llama resentimiento.
¿Y la verdad? No sirve para crecer.
Ni siquiera para hacer feliz, porque te termina amargando y envenenando la vida.
El resentimiento que impera en la Argentina es lo que explica, entre otras cosas, por qué el peronismo siempre vuelve.

La otra es el paternalismo de Estado.
O el pobrismo de Estado.
En este caso, el Presidente se para en el medio del universo, empieza a repetir conceptos como el Estado presente y alienta programas de subsidios que regalan dinero y ayuda, pero no dignidad.
Es una posición muy cómoda y gratificante.

Primero, porque la ayuda no sale de su bolsillo, sino de algo abstracto y amorfo que a él, no le sale nada.
Ni un peso.
Segundo, porque eso, el año que viene, o dentro de tres años, se lo devuelven con votos.
A Alberto.
A Cristina.
A Máximo.
O a cualquiera.

Y, por supuesto, hay dirigentes sociales que viven del negocio del pobrismo: de la intermediación entre los pobres y los que manejan la billetera.

En este contexto, la Argentina también está dividida en dos partes.
La de los pesimistas, quienes sostienen que este querido país no tiene remedio.
Y la de los optimistas, quienes afirman que al Gobierno, tarde o temprano, se lo va a reemplazar a través de los votos, porque el peronismo y el populismo no saben gobernar sin plata.
Y ahora, precisamente, plata es lo que menos hay.

Por: Luis Majul

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Fuente: La Nación >> lea el artículo original